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ENLAGA en Poemas del Alma

Presentado por Poemas del Alma

miércoles, 18 de febrero de 2015

EL REFUGIO 1

 



El abrazo era largo, no se querían soltar, pensaban ambos si sería la última vez que se vieran, las bombas sonaban a lo lejos.
Al final se separaron él le cogía las manos y poco a poco solo quedaron rozando la punta de sus dedos.

Ella se metió para la casa, al refugio que había construido junto a sus hermanas, abuela y madre, era obsoleto, debajo de la casa una pequeña habitación no mas de 10 metros cuadrados, retiraban un  viejo baúl y allí había una puerta cuadrada, se abría y daba paso a una especie de calabozo al cual se baja por unas escaleras, mejor dicho unos palos atravesados hundidos entre dos paredes, antes había servido de pajar, su padre antes de irse a la guerra donde murió, tapió, la entrada por abajo y puso un viejo mueble, para que no se viera que un día allí hubo una puerta donde se guardaba la paja y el grano para la vieja burra, las gallinas, marranos y cabras y en un caso dado sus hijas y su mujer tuvieran un refugio si entraban al pueblo los soldados, o se oyeran las campanas de la Iglesia anunciando aviones cercanos tirando bombas.

La guerra duraba ya casi tres años, demasiados, una guerra absurda donde ni se perdía ni se ganaba nada, buenos se perdían vidas humanas, en la que la mayoría de los casos les obligaban a luchar...
La historia de Ana y Juan empezó cinco años atrás, siendo niños, ella doce años y Juan  quince, siempre habían jugado juntos al ser vecinos, hasta que un día él se fijó en su cuerpo, ya no era la niña con la que peleaba.

Su primer beso sin malicia fue casual, sin querer, pero que encendió una llama de pasión que hasta ahora ambos desconocían.
Empezaron a verse a solas bajaban al río a bañarse  y poco a poco fueron descubriendo caricias nuevas, sentimientos llenos de ternura y juntos disfrutaron  de sensaciones que nunca antes habían sentido, dos años duraron esos días de complicidad, hasta que se lo llevaron a él en un camión a luchar con diecisiete años, le llamaron la quinta del biberón, pues algunos tenían quince o menos, si aparentaban por su estatura mas.

En esos tres años sus encuentros fueros esporádicos, a escondidas si el estaba cerca del pueblo, a veces de minutos, solo para decirle que estaba vivo, que estaba bien, que rezara cada noche por que se acabara aquel infierno que ellos no sabían ni quien lo había provocado, ni porque había comenzado.