POEMAS , RELATOS Y RECETAS.

jueves, 12 de marzo de 2015

EL REFUGIO 8






Estaba todo preparado, su madre y ella habían pensado en todo para cuando sintiera los primeros dolores del parto, se fuera para la casa.
Don Rafael por su parte había hecho toda clase de preparativos también, una cuna preciosa, bañera, toda clase de ropita, azul y blanca, se le notaba nervioso ante el acontecimiento, cuando le preguntaba que cuanto le faltaba para que naciera su hijo, ella siempre le daba evasivas y  le decía dos semanas más tarde, Ana se sentia culpable en este sentido ya que era muy bueno con ella, su madre y sus hermanas, pero ante todo estaba Juan, el padre de su hijo, esa promesa era lo primero, los últimos meses por el volumen de su barriga no podía bajar por la trampa que había debajo del baúl, cuando iba a casa  de su madre, cerraban la puerta y Juan subía, disfrutaban esos instantes, él le tocaba la barriga y le decía.
_Ana que poco  voy a disfrutar de él o ella
_No pienses en eso Juan, siempre que pueda lo voy a traer y los primeros días estarás siempre que se pueda junto a nosotros, han pasado casi cinco años y tiene que tener una salida, un fin, no deseperes.
La canastilla estaba preparada, la madre de Juan muy a escondidas había llevado ropita, unas sabanas hechas de punto de cruz por ella, muditas bordadas, su vida había dado un giro total, desde que sabía de su hijo, es cierto que tenía miedo  y cada cierto tiempo la citaban en el cuartel para declarar y su respuesta siempre era la misma.
_ No sé nada de mi hijo.
Sus hermanas ya se habían marchado al trabajo, todo estaba preparado, el agua calentando en la lumbre, toallas, la canastilla, los habitantes de la casa eran todo nervios.
Juan subió del refugio, ella estaba acostada en la cama de su madre, cuando le venían los dolores se agarraba con fuerza a los barrotes de la cama de hierro, su madre y la madre de Juan estaban atentas a todo lo que acontecía, la evolución del parto iba normal, Juan estaba a su cabecera, dándole ánimos, y sufriendo de impotencia de no poder hacer nada por ella.
Ana aguantaba los dolores del parto con una voluntad fuerte para no chillar de dolor, los nudillos se le quedaban blancos de apretar para ahogar los gemidos.
_Venga Ana lo estás haciendo muy bien.
Le decía su madre y Antonia.
_Vamos un esfuerzo más, ya asoma casi toda la cabeza.
_Empuja Ana fuerte, cuando yo te diga, un poquito más y todo habrá  acabado.
Ana no pudo contener aquel grito aterrador que le causaba tanto dolor, y sin poderlo evitar gritó con todas sus fuerza.
_Ves mi hija ya todo ha  acabado, tranquila, vamos a cortar el cordón y ya mismo la tienes en tus brazos.
Todo había terminado, oía a su madre llorar, mientras acariciaba aquel pedacito recién nacido entre sus brazos y la lavaba, Antonia por su parte, estaba  acabando de atenderla en el último paso de la terminación del parto, recogía la placenta,  que durante nueve meses había sido el sustento de su nieta, lavaba a Ana y recogía y limpiaba todo.
Juan no dejaba de acariciar su cara, la besaba y parecía como si ella fuera lo más importante de aquella escena, entonces Juana le dijo.
_Mira Juan tu hija.
Entonces se puso de pie y vió la carita de su hija por primera vez, era preciosa, un calco de Ana, pelo negro, y una raja de ojos grande, aun tendrían que esperar tres cuatro días para que los abriera y ver el color de sus ojos.
Sintieron llamar a la puerta, el grito que dio Ana puso en alerta a las vecinas, que se preguntaban que habría sido.
Juan le dió  su hija  a su madre la  besó, también besó a Ana y volvió al refugio.
Pronto supieron en la calle que Ana había dado a luz, y Juana mandó razón a Don Rafael para que fuera a la casa y  a sus hijas para que conocieran a su sobrina.
Don Rafael llegó en poco tiempo, cuando vió a la niña al lado de Ana, se emocionó, la cogió entre sus brazos, y dijo.
_Ya tenemos otra Anita, porque así  le vamos a llamar.
Preguntó cómo es que no se le había  avisado y Juana le respondió que no hubo tiempo que perder, el parto venia rápido  y entre ella y Antonia que se encontraba en la casa de casualidad la atendieron.
Casi al mismo tiempo llegó el practicante y el médico para reconocerla y comprobar que tanto la madre como la niña se encontraban perfectamente.
Ana se quedó unos días más en casa de su madre, cuando estaban a solas cerraban la puerta y Juan subía, disfrutaban los dos junto a su hija, se quedaba embobado mientras Ana le daba pecho a la niña y no dejaba de acariciarla, sabía que en pocos días Ana se iría a casa de Don Rafael y ya nada sería igual.