María se puso malita esa noche, como tantas veces con uno de aquellos ataques que le daban cada vez que le subía la fiebre, tenía pocas defensas, eso argumentaban los médicos y perdía el conocimiento, sus padres estaban siempre alertas y con un miedo atroz ya que era su única hija, en aquella ocasión no llegó a perder el conocimiento, pero deliraba hablaba con alguien cosas que sus padres no entendía,
-Si señor (decía)
_Haré lo que me diga,
_Se lo prometo, un día iré,
_ No tengo fuerzas, ayúdeme usted(pero no conseguían saber nada más).
Cuando pasó aquella crisis, una más, le preguntaban qué decía y ella no se acordaba de nada...
Pasaron muchos años un día fue de excursión a Granada con su colegio y compañeras de clase, tendría 12 años y había unos carteles con unas fotos, el corazón le dio un vuelco, sí era él, aquel hombre que había en la fuente, el mismo que conoció en la fuente cuando con su cantarillo fue a por agua y al día siguiente ella le dio su cucharro y que tanto él agradeció.
No comentó nada pero en el fondo estaba contenta de volver a verlo aunque fuese en aquellos carteles, en sus sueños, mejor dicho en su delirio cuando estaba con tanta fiebre, él estaba a su lado, dándole ánimos, le decía que tenía que vivir, aún le quedaba mucha vida por delante, más no pudo ir a verlo ya que la excursión estaba programada, irían a la Ahambra, al Generalife a la Catedral y ver y pasar el día en Granada.
Después pasaron muchos años hasta que un día lo vio en una estampa, sí era él no le cabía mayor duda, ahora sabría más cosas de él, en la estampa venía su imagen, y por detrás una oración.
Entonces comprendió que él nunca estubo en Baños, ni en la fuente, ni en el colegio, ni tan siquiera aquél día le dio su cucharrillo, fue su imaginación, las dos veces que lo vio, esas noches les dio aquellos ataques que de niña más de una ocasión la dejó muerta y él estaba a su lado, sin saber quien era confió le ayudó en esos duros momentos.
A partir de esas noches ya no le volvieron a dar aquellos ataques, los médico decían que ya había pasado el peligro de que se quedase en uno de ellos, otros decían que al primer paso para el desarrollo se le irían quitando.
Sólo ella sabía que aquellas crisis de ataques que tanto temía su madre que le dieran y que al menos en dos ocasiones se quedó con la mortaja preparada, desapreció cuando le conoció a él, el día que iba a la fuente con su cantarillo, el día que lo volvió a ver en la cruz de las azucenas, nadie más lo vio en Baños, solo ella.
Ahora ya es mayor María, creció, se enamoró, se casó y tubo hijos ya hasta una nieta .
Ya sabe quién es ese hombre de cara amable, con barbas blancas, sandalias con calcetines zurcidos y que un día le habló, por siempre le estará eternamente agradecida, con sus palabras de aliento que solo ella conocía, sus manos sobre su frente, María consiguió salir adelante.
Gracias Fray Leopoldo.



